lunes 18 de octubre de 2010

Cortocircuitos



Ayer jueves volví a “Libre como un libro” y no encontré ningún nombre adecuado en el librito de nombres. Di una vuelta y volví a comprarlo por las dudas. Lo miré durante varios días con un amor-odio terrible. No al libro. El libro no tenía culpa alguna de no contar con un nombre justo a mis necesidades. Al que miré raro fue al gato intruso.

A penas lo vislumbré aquella primera vez nos miramos feísimo. Fruncimos el seño hasta parecer nipones molestados por el reflejo del sol. Fue tan desafiante y marcaterritorio que me intimidó en mi propia casa. Un maleducado de otro planeta y encima alcohólico. Se pone fatal cuando no sirvo su destornillador y muere de sed. Sin ir más lejos el lunes fui a una entrevista de trabajo y cuando regresé la casa era un desastre. Se metió como perro caprichoso en el cesto de basura y desparramó todo. También araño toda la puerta de la heladera supongo que intentándola abrir. Supuse que ha observado que guardo ahí los ingredientes para el traguito.

Casi lo mato. Conté hasta un millón quinientos treinta mil novecientos cuarenta y dos antes que revolearlo por la ventana sin escalas al “accidente total”. Samantha pensó que estaba matándome con alguien, confesó luego cuando la crucé el martes en el veterinario comprando alimento para cobayos. Samantha se metió en “El club del Wheeky” y se juntan cada 15 días para hablar de sus mascotas, mostrarse fotos ridículas de cobayos, contar chistes de cobayos, presumir nuevas adquisiciones en cuanto a merchandising y de paso presentarlos en sociedad, hasta festejaron el cumpleaños de uno de los bichitos con una vela encendida sobre una hoja de lechuga mantecosa. Bajé mil pisos cuando la vi. Estaba pesadísima y yo solamente quería pegar con mi propia cinta adhesiva en la vidriera un cartelito que decía “Por falta de espacio regalo este hermoso gatito amaestrado para no traer problemas y dar amor” con el dibujo del gato más tierno del universo todo. 

Era miércoles y nunca sonó el teléfono. Puse el ringtone al mango para ni siquiera perderme la posibilidad ni darme el lujo de desperdiciar sacarme de encima al felino que lo único que hacía era provocar disgustos y estornudos. Todo el día hurgando en el altar de Robotito como si fuese de su propiedad, tomando su alcohol a diestra y siniestra (siniestra sobre todo) y comiendo mi arroz porque no quería gastar ni un centavo más en él.

Me dio tanta impotencia que entré en una crisis horrenda y demasiado exagerada sintiéndome invadida por ínfimamente un simple gato borracho como si nunca hubiese tenido que cargar con responsabilidad mas grande. Me confundí una vez más y me acosté en el incómodo sillón de mimbre con almohadones anaranjados a ver una de esas novelas de lata que pasan todo el día en Canal 9 soñándome entredormida una de esas protagonistas colombianas re pelotudas que se bancan todo tipo de cosas solamente para convertirse en el último capítulo en "la señora de la casa" despertándome envuelta en mocos de mi propia autoría, el pecho cerradísimo y el gato encima de la cabeza durmiendo como un ángel. Resonándome la premisa “¿Qué más da? Estuve casada con un idiota, sin ir más lejos”. Salté de un impulso y el gato voló a la luna. No podía respirar, el aire sonaba entre chifle y la chistosa risa de Patán en “Los autos locos”. El gato no entendía nada. Agarré 20 mangos y crucé a la farmacia en busca de algún antialérgico. No volví hasta el otro día.

Me fui a casa de Mirta, dormí junto a las siamesas al ladito en un colchón. Suerte que el antialérgico es lo suficientemente fuerte porque la cantidad de polvo que tenía acumulado en colchón era de no creer. Les leí “La gallina de los huevos de oro” y aunque están lo suficientemente grandes para cuentos no pude decirles que no. Me impresiona que me digan tía así que al segundo “Tía, leelos un cuento” respiré hondo y empecé el relato. Se durmieron enseguida. 

No pegué un ojo. La habitación de las siamesas es helada, les falta burletear las ventanas. Ellas ni se enteran, parecen atérmicas. Todo lo contrario sucede en el comedor de Mirta que es lo suficientemente excesivo de calor artificial, todo encendido a la mismísima vez. Desayuné con los cachetes colorados y las orejas al rojo vivo. En cuestión de algunas horas mi piel había transitado temperaturas tan opuestas como quien vacaciona en el desierto del Sahara pero en vez de arena, polvillo de colchón.

Mirta dijo que tenía que quedarme con el gato, que no sea bruta, que las alergias son psicológicas, que está científicamente comprobado en miles de investigaciones, que Rolón dedica un capítulo entero al tema en su libro.

Al mediodía les fui a comprar pan para el almuerzo. Comen mucho pan para mi gusto. Cachulo no te come nada sin pan y menos que menos cuando hay pasta y tuquito para mojar en la olla cuando Mirta cocina. Todo es desmesura en esa casa, Mirta le pone una tonelada de queso rallado a su pasta y ni hablar de sal y condimentos. Atentan contra salud en esa familia. Tiran de la soga hasta que alguno no cuente el cuento luego del almuerzo y ahí van a entrar en razones. No es un chiste, de entradita nomás pan con panceta y huevos fritos.

Nunca volví. Las nenas me invadieron de mensajes de texto para saber donde me había metido. Simplemente estuve cerca de media hora espiando la casa en la que fui “señora de la casa” pero sin suerte. Nunca les pregunto por Felipe y jamás lo mencionan a pedido expreso mío desde que huí de aquel lugar. Me costó mucho tiempo volver al barrio, me sentía en falta con ese tipo. Una tarada. 

No percibí movimiento alguno, el pan se estaba poniendo duro y la curiosidad mató al gato así que me acerqué un poco más saltándoseme el corazón cuando de pronto se abrió la puerta y salió una mujer de unos 40 años que me miró con esa cara de asco que tiene Silvina Escudero y la verdad ni recuerdo como vestía porque automáticamente giré la cabeza y me subí a un taxi que mágicamente pasaba como en una película de TNT. Una vez más huía como fugitiva. Dejé a una familia entera sin pan para el almuerzo. Un almuerzo con tuco y pasta. ¡Que me juzgue Dios!

Camino a casa llamé a Olvido para distraerme, le conté el tanguito del gato al que dejé deambulando en casa hace como un día y como la ratona no estaba seguramente se había divertido como loco, pensé. Mi hermana estaba camino a una reunión de Stamateas en el corazón de Caballito. No sé si hice tan bien en obsequiarle ese libro, creo que la metí en una secta solamente por un regalo de cumpleaños al que creí totalmente inocente.

- Hermana, no podés ser tan ingenua. Es más que evidente que el gato en el altar no es ninguna casualidad. Robotito necesitaba comunicarse contigo de alguna u otra manera. ¿Cómo puede ser que nunca veas más allá de tus narices? Se corporizó en gato solamente para estar a tu lado como siempre lo ha hecho, presente o no.

El taxista mirando de reojo por el espejo retrovisor me intimidó y para no entrar en el tema más profundamente le contesté que tenía razón que iba a quedármelo sin chistar. Antes de cortar volví a preguntarle en que andaba además de meterse en esas conferencias medio turbias de los Stamateas y volvió a hacerse la interesante. “Dentro de muy poquito tendrás noticias, no te pongas pesada”. Le corté.

Una vez en la puerta de casa tuve la impresión de que no tendría rastro alguno de la presencia de Robotito reencarnado en gato y entraría en pánico, y sentiría culpa por haber abandonado a mi propio amigo solamente por no ver más allá de mis narices. Todo lo contrario, había rastros. La casa estaba hecha una ruina, las cortinas parecían pollerita de amazona.  Además volvió a meterse en el cesto de basura y toda la bola. Resigné la ira. Hubiese sido el colmo tomar otro taxi y volver a lo de Mirta como rebotona por la ciudad.

El señorito durmiendo para variar sobre el cassette de Michael en el altarcito como si nada. Ordené sin hacer ruido. Me senté durante una hora sin pensar en nada a observar la pulcritud resultante. Cenamos juntos arroz blanco y definitivamente el libro de nombres era más eficiente para compensar la pata despareja de la mesita del televisor.  

Hace un rato llamaron por el aviso del gato y mentí. 

– Suerte que gané una millonada en una raspadita y pude mudarme a una quinta con un terreno enorme, Circuito está chocho.  
- ¿Quién es Circuito?
- Mi mascota, señora. Adiós. Que le garúe finito.  

Le corté porque que se me hace tarde. Tengo que llegar a tiempo a la veterinaria y despegar el cartelito antes que bajen la persiana hasta el lunes. Los dueños son judíos, los sábados no te trabajan.