El pibito parecía un pollito mojado. Mojado de mugre, mejor dicho. Embarrado en vaya a saber que cosa. Un olor espantoso pobrecito y una carita que me partió al medio. Me sentí su hermana mayor o una madre jovencísima, par, comprensiva, copada. De esas que nunca tuve. Estuve esperándolo cerca de 40 minutos en “La esquina de Blandengues”. Ya se me hizo costumbre tomarme un cafecito con leche ahí después de pasar por lo de la abuela que ya está mejor. Nunca le di explicaciones. Un día me hizo escuchar el mensaje que grabé aquella noche y es indescifrable. Me desconozco, parezco como poseída por un montonazo de palabras apelotonadas que no llegan a entenderse. La abuela nunca me presionó así que preferí no hablar del tema. Una o dos veces por semana estoy yendo a verla pero creo que la excusa es tomar el cafecito con leche en el bar.
Entré en un par de rutinas que supongo que es lo más cercano a un duelo poco traumático. Lo curioso es como se evapora el vodka con jugo del altar. Cada día tengo que preparar uno nuevo prácticamente. La del supermercado chino ya me mira rarísimo debe pensar que soy borracha. De lo que sí estoy segurísima es que no quiero encerrarme y desaparecer del mundo. Así que entro y salgo de la cajita de cristal según me convenga. Robotito está escabiando y su presencia es tan fuerte que hasta me provoca una alergia re molesta. ¡Achís Achís! Por lo menos dos estornudos cuando realizo el recambio etílico.
Volviendo al pibito. Lo vi tan frágil e indefenso que no puedo olvidar el momento. Confieso que ya estaba impacientándome de tanto esperar. Bueno tanto no. Repito, soy la típica impuntual que odia esperar. Aunque cada día manejo mejor eso de retrasarme y llego media hora antes a todos lados.
- Sentate Coqui, no llores. – Le limpié la carita con una servilleta. Por un segundo pensé que era sangre. Por suerte me equivoqué.
Mi Coqui es Licenciado en computación o algo así. Se recibió y teóricamente creí que era la única que sabía que rendía ese último examen las 2 de la tarde. Coqui también estaba convencido de lo mismo y detesta que se metan en sus cosas. Ni siquiera pudo vivirlo como un triunfo.
El dato se filtró esta vez por Nacho que es muy bicho y seguramente estuvo atento al día del último examen para darle una sorpresa olvidando por completo el hermetismo de su novio en cuanto a cuestiones que cree de índole muy privada. Se que Nacho no tuvo mala intención y que Coqui en el fondo está de acuerdo pero la situación lo sobrepasó por completo, creo que se le fue tanto de las manos que hasta llegó a “corrérsele el coágulo” y estalló en un brote sin poder manejarlo de ninguna manera.
Ya ha pasado más de un año que están juntos y no sabe de nuestra relación de amistad. A veces me da ganas de acogotarlo a Coqui porque cada vez que cruzo a Nacho en el barrio estoy a punto de saludarlo olvidándome completamente de que ni sospecha que soy casi de la familia y estoy al tanto de todo. Que hasta tuve el malvón con lo que sobró de las cenizas de su abuelita en casa cuando viajó con su madre para desenchufarse. Que yo misma regué la plantita día por medio para que Coqui no tuviese que venir constantemente al barrio para encargarse. Me he hecho la fama de alcahueta aquella vez que lo mandé al frente y debe tener terror de que algún día le cuente sobre el episodio de Cam4. Juro sería incapaz.
- ¡Te felicito pibito! Ni te imaginás cuanto admiro tu condición.
- Callate. Estoy harto de todo. Mañana mismo me mando a mudar.
Sobrepasado de tanta presión a los 23 años. No puedo dejar de apañarlo. Ahí es cuando me cae la ficha de cuanto más fuerte soy. A los 23 años ya tenía en mi autoestima en cualquier parte del éter, me habían chupado tanto el deseo por mí misma que había envejecido 1000 años viviendo una rutina tan espantosa que ni quiero acordarme en éste momento. Igualmente no podía comparar con la realidad de Coqui. No era justo. No eran horas de lecciones de vida y victimizaciones de mi parte. Es tan típico en todos nosotros querer mandarnos a mudar y empezar de nuevo. Las veces que he oído “mañana mismo me mando a mudar” de la boca de Mirta, Olvido, Edda, papá, de Robotito (que era una constante en su vida) y ahora nuevamente de la boca de Coqui. Y ahí es cuando me mimo el corazoncito cayendo a cuentas que soy la más valiente y arriesgada de todas.
- ¡Un té de tilo y un alfajorcito de maicena para Coqui., por favor!
- ¿Le molesta mucho Licenciado si recubro la silla con una bolsa de consorcio así no se estropea?
- Licenciado no. No me llame Licenciado.
- No hay problemas señor Blandengues. – Contesté atropelladamente, casi superponiéndome, antes que Coqui saltase con cualquier barbaridad.
- Es el peor día de mi vida. Me siento como abusado sexualmente, completamente violentado, ultrajado.
Fue tan convincente que comprendí aunque contuve la risa cuando oí lo de “ultrajado” en tono telenovelero al 100%. Por supuesto que lo respeté. Coqui empezó a desembuchar sin percibir que su asiento estaba siendo protegido de su propia miseria por el dueño del bar.
Fue casi sin dormir hasta la facultad. La ansiedad estaba matándolo. No es que se sintiese inseguro de su capacidad. Los miedos al “¿y ahora que?” eran los que no lo dejaban en paz. Hacía varios meses que estaba en condiciones de dejar su banca de universitario pero lo dilataba hasta que sin meditarlo se presentó. Se presentó en silencio. Sin decir ni mu. Para Coqui era un trámite la cuestión de rendir. Realmente, repito, el freno era otro.
La noche anterior me llamó para una merienda temprana. Necesitaba compartir el momento con alguien que no moleste demasiado. Yo no celebro las torturas que se le hacen a los recién recibidos o futuros apresados matrimoniales. Habíamos hablado del tema alguna vez y a Coqui por lo pronto se le hizo presente a la hora de compartir el momento post examen conmigo. Sus padres ya estaban presionándolo bastante con que se recibiera y los nerds con los que se mueve son bastante idiotas. Coqui es demasiado sensible y cada uno está en su derecho de tomar sus propias decisiones a la hora de un poco de paz y tranquilidad. Pero bueno, Nacho por hacer un bien terminó empeorándola para el carajo. Yo nunca hubiese obrado de ese modo.
El examen escrito lo tenía resuelto desde el vamos pero fue el último en entregar. Pensó cerca de 100 veces en levantarse e irse sin entregarlo y la propia vertiginosidad y escondido espíritu aventurero de un futuro incierto hicieron que lo entregue sobre la hora en el escritorio de la mesa examinadora. Esperó unos minutos fuera también con el impulso de salir corriendo, pero sus pies le jugaron una mala pasada y no se movieron del lugar como empapados de plomo, obligando al corazón que amenazaba con salirse del pecho, a aguardar apresado en el cuerpecito de Coqui.
Se abrió la puerta del aula y el profesor Cristiano Rinaldi mandó a llamarlo recibiéndolo con un cálido apretón de manos y una felicitación por lo brillante del examen. Coqui nunca pudo describirme bien lo que sintió. Por lo que dijo solamente pensaba en comer algo. Agradeció el gesto del profe y salió de la universidad que tiene un parque precioso delante. Los pajaritos le cantaban una melodía hermosa acompañada con percusión de su barriga que reclamaba por lo menos tres medialunas de manteca.
Y fue una pena que un cuadro tan perfecto fuese arruinado por una manga que infradotados que no entiendo que es lo que estaban pensando. Desde unos arbustos lo abordaron “los suyos” siendo dirigidos por Nacho que arrancó la debacle vaciándole una bolsa de basura en la cabeza. Ni hablar de sus compañeros de “Play” y el resto de los nerds que colaboraron con gaseosas, huevazos, plumas y aderezos varios. Todo sobre Coqui que solamente atinó a cubrirse la cabeza pidiéndoles por favor que se detengan porque tenía un compromiso en un ratito. Un compromiso conmigo.
Se detuvieron por orden de Nacho y corrieron todos a una camioneta dejándolo solito a la vista de todo el mundo, sin posibilidad de subirse ni siquiera a un taxi para huir de tamaña humillación. Solamente uno de los pájaros, que le cantaban hacía un ratito, lo ayudó a higienizarse un poco y lo acompañó unas cuadras mientras mi amigo estaba muerto de vergüenza tratando de abstraerse de todo.
Lo contó tan acongojado como quien habla de un hecho realmente traumático que guardó durante años. Entendí que sintió la misma vergüenza que yo cuando me hice señorita delante de todos mis compañeros del secundario. Creo que lo viví igual. Pude realmente ponerme en su lugar y acompañarlo desde el corazón.
- ¿Y ahora como sigue esta historia?
- ¿Yo que se? – Le contesté realmente desde mis adentros. – Que siga como tenga que seguir…




3 comentarios:
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Ay que tierno Coqui!
Es un poco exagerado tal vez, es medio raro, medio paranoico.. Pero parece querible no?
Ojala se le pase pronto el enchinche y vea que linda es la vida
hello! warm greeting ^^!
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