
Cargaba con dos bolsas reforzadas de supermercado para la abuela Paca, que está dolorida de la cadera a causa de un golpazo que se dio el otro día, cuando una puntada en la cabeza me nubló la vista e hizo que soltase las bolsas en el suelo. Quedé detenida casualmente en “La esquina de Blandengues” el barcito donde lo conocí el día en el que decidí de repente separarme de Felipe. Todo desparramado en la vereda mientras la gente pasaba como si nada. Al segundo pestañé y sacudí un poco la cabeza para volver en mí. Veía todo más claro, literalmente hablando. Como si alguien hubiese subido el brillo en un televisor. A partir de ahí un sudor rarísimo, temblaba como si segundos antes hubiese recibido corriente de un cable pelado.
Un impulsó me llevó hasta el cibercafé de enfrente. Pedí una computadora y entré no se por qué al site de TMZ como hago últimamente cuando quiero tener noticias de Robotito. Todo lo referido a Michael Jackson se publica al instante y me es más práctico que intentar comunicarme el Doctor Iparraguirre. Miles de imágenes vinieron a mí, es típico, soy tan clásica y poco original que en el fondo me causa gracia. Cerré el portál automáticamente. Volví a abrirlo. Las imágenes volvieron. ¿Soy una masoquista o tan insegura que desconfío de mi poder de lectura? Releí. Volví a cerrar el portal. Pagué y me fui. Volví a la esquina y las bolsas seguían tendidas en el suelo. Las agarré y entré en el bar.
Un impulsó me llevó hasta el cibercafé de enfrente. Pedí una computadora y entré no se por qué al site de TMZ como hago últimamente cuando quiero tener noticias de Robotito. Todo lo referido a Michael Jackson se publica al instante y me es más práctico que intentar comunicarme el Doctor Iparraguirre. Miles de imágenes vinieron a mí, es típico, soy tan clásica y poco original que en el fondo me causa gracia. Cerré el portál automáticamente. Volví a abrirlo. Las imágenes volvieron. ¿Soy una masoquista o tan insegura que desconfío de mi poder de lectura? Releí. Volví a cerrar el portal. Pagué y me fui. Volví a la esquina y las bolsas seguían tendidas en el suelo. Las agarré y entré en el bar.
Pedí un café con leche y me largué a llorar disimuladamente. Al toque se me pasó. Sospeché que era una insensible, que Edda tenía razón cada vez que me llamó "descorazonada". Al toque me corregí. Sacudí de nuevo la cabeza, no tengo por qué culparme cuando realmente no tengo ganas de sufrir. Miré por la ventana y la gente seguía como si nada. El viejo Blandengues me trajo el café con leche y apoyó su mano en mi espalda. Lo tomé como un mimo, un guiño de Robotito desde vaya a saber donde. Ahí reconfirmé que de descorazonada no tengo ni un pelito.
Por segunda vez en mi vida sentadita en “La esquina de Blandengues”. Sin máquina del tiempo reviví aquella tardecita, que luego de llegar a la puerta de la abuela, sin animarme a tocar el timbre pidiendo asilo por una noche, me refugié allí mismo. Perdidísima, habiendo tomado una decisión importante luego de que la Virgencita me dio prácticamente un cortito en la nuca para que reaccionase. Mirando la taza luego de cucharita y media de azúcar (no soy demasiado dulcera), tratando de acomodarme luego de dar el portazo que me liberó casi para siempre.
A un costado, en la mesa pegada a la ventana estaba él con el diario cerrado tomando un café doble bien cargado, dos tostadas de salvado con queso crema y un vasito de jugo de naranjas. Mirando todo y nada a la vez. Me llamó la atención su postura tan rígida ayudada por mis ganas de distracción ante una situación que no quería que llegase a desbordarme. Carita inmutable. Casi inmutable. Volví a mirarlo en el mismísimo momento en el que oí una frenada seguida de un golpe en la calle. La cara de piedra cambió a una pequeña y casi imperceptible muequita placentera. Otro se hubiese horrorizado, a mi me dio risa el disfrute negro de este personaje. Al ratito nos enteramos que habían atropellado a una mujer embarazada de 6 meses que dio a luz después de muerta en el hospital más cercano.
La buena onda me duró solo un rato, estaba de altibajos. La presión de no saber donde pasar la noche volvió a ganar protagonismo. Le di mil vueltas a la agendita donde eran bien pocas las salidas que brindaba. Empecé a congestionarme de los nervios, creo que de tanto aguantar para no llorar como una nena. Sequé las velitas que se caían con una servilleta de papel y fue en ese momento donde escuché su voz por primera vez ofreciéndome gotitas para la nariz. Su voz era como la de Pancho Ibáñez. Robotito solo una vez se “sonó” la nariz, tiene un trauma desde la infancia cuando lo obligaron en público a hacerlo en el jardín de infantes. Nunca más volvió a usar pañuelo. Se limitó a gotitas descongestivas. A mí me hacen estornudar más, me dan cosquillas.
Necesitaba hablar así que como agradecimiento lo invité a sentarse conmigo. Volví a agradecerle el gesto y volví a decirle que a veces prefiero “sonarme” con servilletas de papel o bien las mangas de lo que tenga puesto. Soy medio alérgica. Le hablé de la virgen, de Felipe, de Olvido, le conté casi todo. Me dio sus condolencias irónicamente. Enseguida entendí su humor. Le conté de casi todo, menos de mis padres. Fue un acuerdo tácito que hemos tenido desde el inicio. Ninguno ha indagado al otro, sólo nos hemos limitado a hablar de temas que cada uno sacaba a la luz sin ir más allá. Es por eso que hay sectores en la existencia de Robotito que no conozco como he dicho en otras ocasiones y ahora es demasiado tarde para preguntar. Igual nunca quisimos saber del otro más de lo necesario. Supongo que por cuidarnos, por conservar un lazo a simple vista extraño, pero fuerte como esas sogas con las que atan a los barcos en un muelle del puerto.
Esa noche me escribió su dirección en un papelito y se fue a dormir. Días más tarde pasé a visitarlo y tomamos un té de la India. Volví a casa de la abuela Paca pero no me atreví nuevamente a tocar a su puerta y dormí en la vereda acurrucada con un perro al que mi abuela le da de comer desde hace mucho. Mascota cama afuera.
Se hicieron las 2 de la mañana. Volví en mí cuando Blandengues se acercó para avisarme que estaba por cerrar. No había comido nada, Blandengues sin saberlo me dio un tostadito de cortesía, mientras ultimaba detalles antes de irse a dormir. Su casa está detrás del bar.
- Se murió mi amigo. – Le dije puchereando como La Tota Santillán ante las cámaras mientras el cuerpo de Rodrigo aún estaba tibio tendido en la autopista Buenos Aires/La Plata, como para que entendiese el motivo de tantas horas sentada en la misma silla.
Blandengues volvió a tocarme el hombro dándome el pésame. No sentí nada, estaba más tranquila. A penas un poquito de angustia. No dije más que – Adiós, buenas noches. – Me subí a un taxi, di tres vueltas en la calle antes de entrar a casa y finalmente subí.
Una vez en casa me di cuenta que nunca había agarrado las bolsas con las cosas de la abuela. Prácticamente había hecho abandono de persona. Nunca había vuelto a darle a la abuela señales de vida. Era demasiado tarde, igualmente llamé y grabé un mensaje en el contestador pidiendo disculpas.
- No se por que te estoy pidiendo disculpas pero se que no e vuelto a aparecer y seguramente te hayas preocupado y terminaste tomando un “Buenas noches” para poder descansar. He entrado en estado de shock luego de haberme enterado que encontraron quemado a Robotito en la cárcel en Norteamérica. Parece que se suicidó. ¿Te acordás de Robotito? No se que pensar. Roció su carrocería con whisky y se quemó a lo bonzo, según dice TZM. Recién me fijé en Wikipedia si estaba bien dicho eso de “a lo bonzo” y es justamente lo que reflejaban las noticias. Te quiero mucho. Mañana hablamos… Piiiiiiii.
Ahora me voy a dormir. Ya ni se que estoy diciendo.




7 comentarios:
sshh
buenas noches muñequita.
(gracia spor la visita n_n)
besos.
Big Hoax, MUÑEQUITA
http://cordurainsana.blogspot.com/
Las idioteces que a uno se le puede llegar a ocurrir cuando esta al pedo a las 3 de la madrugada
Uj
Hola!
gracias por la felicitación!
bufff vaya historia más triste...
Un saludo!
Ay no! chau, final robotiano? mmm Bueno tal vez sea el momento de un adios definitivo.
Pensá que roció su carrocería con whisky, eso le da categoría a la muerte.
Bueno lamento tu dolor, pero ahora a seguir eh!
Muy buena atmósfera generaste!! me encanta.
Terrible el detalle de la mujer atropellada. Las pequeñas neurosis. Las bolsas que seguían en la calle. Los mocos.
Escribís un universo que está tan desordenado como este que camino, pero que además NO FINGE un orden. Y esa "honestidad brutal" (citando al salmón) me fascinó.
Creo que nunca te había leído (no sé por qué... me colgué...) y ahora voy a entrar seguido. ^^
Saludos desde el laberinto!
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