Menos mal que no me casé from Esperanza Lacaroza on Vimeo.
- Menos mal que no me casé… – agregue medio susurrando entre mate y mate conversando en casa de la abuela Paca. Es que la veo de tan mal genio a Olvido que me siento afortunada. Pensaron en cancelar la boda cerca de 15 veces en los últimos días. La abuela me entiende y me dio la razón solamente con un silencio mientras acorralaba contra el florero unas miguitas de budín marmolado con pasas de uva, no sé por qué hizo eso. Ni se imagina que la vi escondiendo las migas en el florero.
La abuela evita el tema casamiento. Ojo, el tema del casamiento de Olvido no es el problema, el tema de mi “no casamiento” es el que trae cola. Volví a mirarla a los ojos, tragó saliva y ni “mu” de nuevo.
- Menos mal que no me casé ¿o no? – repetí en un tono más firme para incomodarla un poco más.
– ¡Qué horror, nos quedamos sin té! – respondió corriendo a la hornalla para calentar mas agua.
En principio la abuela odió que me fuese a vivir con Felipe sin previo casamiento. Me odió, me sintió endemoniada, trola, maleducada, deshonesta, desagradecida y mil cosas más que no quiero detallar. La abuela Paca creyó que estaba enamorada y en pecado, cuando decidí mandarme a mudar esta vez por “voluntad propia” de casa de papá y Edda para unirme en santo pecado con Felipe. Me la banqué solita sin el pulgar arriba de nadie y si me hubiese casado tal y como propuso la familia de Felipe por la iglesia evangélica la abuela también se hubiese enojado porque odia a los evangelistas. Una vez la oí decir en otras palabras que los pastores son medio ordinarios, chorros, orilleros al igual que sus familias y Dios debía estar horrorizado con ellos.
La familia de Felipe quería un vestido casi de mantel con puntilla y miles de flores artificiales de color rojo por todos lados entrando al templo escoltada por un montón de mocositos de no más de 6 años vestidos con réplicas perfectas de nuestros trajes en miniatura y yo ahí desencajada sonriéndole a un fotógrafo con rasgos norteños en un clima árido con sidra en copas de plástico, chizitos y papas fritas en la mesa de saladitos y en un sector privilegiado, miniaturas de Marge y Homero Simpson vestidos de novios por sobre la torta de tres pisos. Visto desde aquí el álbum de fotos sería para alquilar balcones, Robotito y Coqui se hubiesen dado una panzada grande como una casa. A mi ahora me da un poco de risa imaginarlo pero montar tanto circo sólo por querer vengarme de la idiotez de mi madre hubiera sido demasiado para una pibita de 18 años, ¿Aunque, quién habría de quitarme lo bailado?
- Les compré diez juegos de sábanas de dos plazas a tu hermana y el señor con el que se casa además de dos salidas de baño y tres juegos de toallones y batas con pantuflas ¿Estará bien? Total… ¿Cuánto les va a durar el amor?
La Paca ya no es la misma, me la cambiaron. Apoya el futuro posible fracaso matrimonial de su propia nieta, es un monstruo septuagenario sin corazón como ese obispo de La Plata. Una ironía de patas con algunas várices medio molestas, que regala blanquería vaticinando un amor fugaz como vacaciones de clase media y lo dice como si nada como haciéndome cómplice de una maldición frente a una simple taza de té solamente por impactar mi psiquis y anular del diálogo el asunto de mi santo pecado a temprana edad. No entiendo nada, aunque… ¿en el fondo está dándome la razón o no? y con “palabras cifradas” asume que mi acción fue un desacierto con suerte, que intenté escapar de un infierno metiéndome sin querer en otro pero al menos no firmé nada ante ningún “su señoría mantantirulirulá”.
Tenía 18 años y éramos las tres fanáticas de “Te amo y te amaré desde la tierra a la luna por siempre y para siempre” una telenovela que protagonizaban Viviana Saccone y Osvaldo Sabatini, típica novela de la tarde y los actores de siempre, creo que Lydia Lamaison hacía de abuela en cuatro novelas a la vez ese año, hasta me atrevería a decir que fue record Güinnes y todo. Edda se identificaba con el personaje de Viviana que era secretaria de odontólogo como ella y yo con los tubos del Ova por ese año estaba medio fortachona. ¿No sé que por qué? pero estaba enganchada con la historia casi el único momento en el mundo que compartíamos juntas. Las dos casi cayéndonos de la silla, la mitad del cuerpo sin apoyo con el torso adelantado mil kilómetros como queriendo entrar en la pantalla viviendo ambas en un código re lindo, comentándonos cosas que sucedían unidas por algo por primera vez en la eternidad siendo los de afuera verdaderamente de palo. Olvido a veces se sentaba ajena poniéndose molesta como mosca en plena siesta a la que contestábamos con manazos al aire y chistidos cortos alternados.
Llegó el día del gran final luego de unos 6 o 7 meses de idas y vueltas, una agonía eterna para llegar al desenlace que suponíamos iba a ser el de de siempre. Creo que ninguna durmió en toda la noche. Edda madrugó para ir al consultorio con una chochera gigante a la expectativa del espacio de esparcimiento que tenía entre ambos turnos de su horario laboral partido luego del almuerzo. Yo nada, ordené la casa, salí andar en bicicleta y volví a preparar el almuerzo para todos.
Sonó el teléfono mientras yo revolvía el guiso, corrí también con chochera y era Edda llorando a cántaros, no le entendía nada. – Tranquila Edda ¿Qué pasa? – Claro, surgió un tratamiento de conducto urgente en el consultorio y no llegaba a volver a casa implorándome ante todos los Dioses que le grabase el capítulo último de nuestra telenovela. Le contesté que se quedase tranquila, que contase conmigo, que sabía lo que para nosotras significaba la resolución de la historia de amor de Vivi y el Ova.
Luego del almuerzo preparé la casetera y batí un café de los grandes como 20 minutos para tomarlo bien espumoso hasta que llegó el momento y de tanta emoción nunca apreté el “rec”. El final fue atípico Ova murió en un accidente de avión y Vivi se metió en un convento de monjas para poder afrontar el dolor, yo sospechaba que estarían planeando una segunda parte pero nunca sucedió.
Yo ya dormía y Edda volvió tardísimo luego de un arduo día de trabajo, cuando fue a la casetera se encontró con un partido de boca contra no sé quién que había grabado papá la semana anterior y entró en ira. Me despertó de un almohadonazo a los gritos, prendió la luz y a dos centímetros de la cara volvió a decirme “descorazonada”. Papá la separó antes que me arrancase cada mechón de pelo y en ese mismísimo momento me prometí irme con el primer tipo con el que me cruzase y no volver nunca más porque me parecía una idiotez hacerme monja y más idiota aún caer en lo de la abuela como a los 6.
No pegué un ojo en toda la noche, segunda noche consecutiva. Me levanté una vez que escuché que todos ya se habían ido y cuando me disponía a salir a embestir al primer tipo con el que se me cruzase me topé con un policía que vendía rifas para la comisaría más cercana que justamente estaba por tocarme el timbre. Lo miré a los ojos y le dije que quería pasar el resto de mi vida con él. Agarré mis cosas y nos fuimos juntos. Se enamoró al instante de mí. Dos cuadras más tarde le pregunté su nombre – Felipe ¿y el tuyo? – me contestó.





